domingo, 10 de junio de 2012

Qué decision tomaré?

Supongo que todos, en mayor o menor manera, en alguna relación de pareja mas o menos estable, te llegas a plantear la misma pregunta: esto me lleva a algún sitio? merece la pena continuar?..... La mayoría de las veces la respuesta es negativa: no, no lleva a ningún sitio y no, no merece la pena, pero..... porqué seguimos?
Todos nos volvemos cómodos, la seguridad de la rutina hace que nos cueste tomar una decisión, pero algunos, al final tenemos esa pequeña chispa que hace estallar la pólvora de la determinación y al final, decides separarte.
En mi caso hubo tres intentos. El primero fué a los dos años de casados. Fué un domingo volviendo del pueblo. Le dije que tenía que hablar con él y como no pudo esperar a llegar a casa, en el mismo coche se lo dije: quiero la separación... Cómo llegas a ese punto? Cómo dedices tomar el valor suficiente para soltarlo a bocajarro? Es sencillo (o complicado según se mire)
Hay un libro, "La princesa que creía en los cuentos de hadas", de Marcia Grad, en el que la protagonista siempre hace, en todas sus decisiones importantes, una lista con pros y contras. Anota los pros y los contras, los revisa y al final decide por la secuencia más larga. Yo hice más o menos parecido. Por aquél entonces yo tenía 28 años y la verdad es que no pensaba pasarme toda la vida viendo como una sombra hacía una huella en el sofá, día a día. No pensaba pasarme el resto de mi vida cocinando, planchando y esperando en casa a que mi pareja decidiera sorprenderme un día con alguna cosa especial: una rosa robada del rosal de los jardines del parque de al lado de casa, una piruleta de corazón, o una tarde paseando por la playa sin el miedo horrible a manchar el coche de arena....
El caso es que si planteas el hecho de pasarte unos 50 años mirando la tele, yendo de rallyes, pasando los domingos tomando cervezas en el bar del pueblo con los chavales, y demás actividades adolescentes, sin otro aliciente que el hecho de levantarte cada día para ir a trabajar, hacer la comida, las cosas de la casa mientras esperas a que tu marido llega a casa y se tumba en el sofá.... no va a dar un paseo contigo porque le duele la rodilla, no sale en bici porque sus 120 kilos no son movibles, y no se mueve porque está cansado a las 6 de la tarde de trabajar..... pues llega un momento en que te planteas que aquello es una agonía y que tu eres muy joven y como joven necesitas vivir la vida.
Volviendo al párrafo anterior, cuando veníamos del pueblo, yo ya había hecho mis valoraciones, no quería pasar el tantos años sin motivaciones ni ilusiones ni sorpresas y eso debía de cambiar. Fué difícil tomar la decisión, pero peor era pensar en no vivir durante los años venideros. Como es de imaginar, lo que vino después fué peor: llamó a sus padres, llamó a los míos y aquello fué una romería. Hay que imaginar un pressing catch, en el que todos van contra tí, porque eres la mala, la que ha tomado la decisión de romper una relación y dividir una familia que unió Dios en sagrado sacramento: debes ir a un psicólogo matrimonial a que os ayude con este bache porque sois jóvenes y estáis perdidos.... (cara de sorpresa!!)
Cuando estás en el colegio, no hay una asignatura en la que aprendas cómo separarte, cuando debes y cuando no, cuales son los motivos válidos y cómo lo debes hacer. Así que cuando te lo planteas por primera vez, y te sugieren que debes ir a un psicólogo, pues piensas que (con tu autoestima por los suelos) igual tienen razón, que puede que te hayas precipitado, que estés equivocada, que no tienes experiencia en estos lares y efectivamente necesites esas "clases particulares" para aprenderte bien la asignatura del matrimonio y la buena esposa.
Ante esto solo cabe decir una verdad inmutable que te resistes a creer y que desgraciadamente solo aprenderás por experiencia propia y no ajena: NADIE CAMBIA. Tenía un amigo psicólogo clínico, que desgraciadamente desapareció. Me dijo que las personas no cambian, si acaso maduran o evolucionan algo, pero la esencia sigue ahí. Yo me resistí a creerlo, "el mío no" es la frase del millón, pero después de 8 años de matrimonio y tres intentos de arreglarlo, te das cuenta de que dicha premisa, desafortunadamente, es cierta.

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